-"¡Ven
para acá"-,
me dijo dulcemente mi madre cierto día.
Aún parece que escucho en el ambiente, de su voz la
celeste melodía.
-"Tenés una pena y me la estas ocultando.
¿No sabes que la madre más sencilla sabe leer en el alma
de sus hijos
como vos en una cartilla?"

Yo prorrumpí a llorar:
-"Nada "- le dije.
-"La causa de mis lágrimas ignoro, pero de vez en cuando
se me oprime el corazón y lloro."
Ella inclinó su frente pensativa, se turbó su pupila
y enjugando sus lágrimas y las mías,me dijo más
tranquila:
-"Llama siempre a tu madre cuando sufras,que vendrá...
Si está en el suelo a compartir tus penas.
Y si no, a consolarte desde arriba."

Y lo hago así cuando la suerte ruda como hoy, perturba
de mi hogar la calma.
Invoco el nombre de mi madre amada y entonces siento,
que se ensancha el alma.Es verdad que muchas veces se
nos oprime el corazón y si alguien nos
pregunta qué nos pasa, responderemos: - "Nada".
Siempre necesitamos compartir nuestras penas.
Seguramente así se hacen más llevaderas las rudas
pruebas
a las que nos somete la vida.
Y cierro con estos versos que se prendieron en
mí alma...

"Romperá la tarde mi voz, como el eco de ayer...
voy creciendo solo, al final, muerto de sed, harto de
andar.
Pero el árbol reverdecerá siempre, nuevo.
Era el tiempo nuevo, el ayer,La madera frutal
Luego el hacha se puso a golpear,verse caer, sólo rodar.
Pero el árbol reverdecerá, siempre..."
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