Así pasaron las horas y los dias.
El pretendiente estuvo sentado,
soportando los vientos, la nieve y las noches
heladas.
Sin pestañear. Con la vista fija en el balcón de su
amada,
el valiente vasallo siguió firme en su empeño,
sin
desfallecer un momento.
De vez en cuando la cortina de la ventana real
dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa,
la cual, con un noble gesto y una sonrisa,
aprobaba
la faena.
Todo iba a las mil maravillas.
Incluso algunos optimistas habian comenzado a planear
los festejos.
Al llegar el dia noventa y nueve, los pobladores de
la zona
habian salido a animar al próximo monarca.
Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto,
cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo,
ante la mirada atónita de los asistentes
y la perplejidad de la infanta,
el joven se levantó y sin dar explicación alguna,
se alejó lentamente del lugar.
Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino,
un niño de la comarca lo alcanzó y
le preguntó a quemarropa:
¿Por qué perdiste esa oportunidad?...¿Por qué te
retiraste?...
Con profunda consternación y algunas lágrimas mal disimuladas,
contestó en voz baja: