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Solo en el círculo de
luz de la mesa del comedor,
rodeado por una casa a
oscuras, estaba sentado, llorando.
Por fin había logrado
acostar a los dos chicos.
Padre único desde hacía
relativamente poco,
tenía que ser mamá y
papá de mis dos hijos.
Los había bañado a
ambos,
en medio de chillidos de
alegría, corridas locas,
risas y cosas que
volaban por el aire.
Más o menos calmados, se
habían metido en la cama
mientras les daba a cada
uno los cinco minutos prescriptos de caricias en la
espalda. Luego tomé mi guitarra y comencé el ritual
nocturno de canciones folk, que terminaba con "Todos
los lindos caballitos",
la favorita de los dos
chicos.
La canté una y otra vez,
reduciendo de a poco el ritmo y el volumen
hasta que parecieron
profundamente dormidos.
Como hombre recientemente separado con la tenencia
plena de sus hijos,
estaba decidido a
brindarles una vida familiar lo más normal y estable
posible.
Ponía cara de alegría
para ellos. Mantenía sus actividades
lo más parecidas posible
a como habían sido antes.
Ese ritual nocturno era
el de siempre también,
a excepción de que
ahora faltaba su madre.
Bueno, lo había hecho de
nuevo: otra noche que terminaba sin problemas.
Me levanté lentamente, con cuidado, tratando de
hacer el menor ruido que pudiera despertarlos de
nuevo, pidiendo más canciones y más cuentos.
Salí en puntas de pie de
la habitación, cerré a medias la puerta
y descendí a la planta
baja.
Cuando llegué a la mesa del comedor, me derrumbé en
la silla,
consciente de que era la
primera vez desde que había vuelto
a casa del trabajo que
podía sentarme.
Había cocinado y servido y alentado a dos chicos a
que comieran.
Había lavado los platos
mientras respondía
a sus muchos pedidos de
atención.
Ayudé a mi hija mayor
con sus deberes de segundo año
y ponderé los dibujos
del menor mientras me asombraba
ante su complicada
construcción con ladrillitos de juguete.
El baño, los cuentos,
las caricias, las canciones y ahora,
por fin, un breve
instante para mí. El silencio era un alivio, por el
momento.
Entonces todo se
amontonó: el cansancio, el peso de la
responsabilidad,
la preocupación por las
cuentas que no estaba seguro
de poder pagar ese mes.
Los infinitos detalles
de llevar adelante una casa. Sólo poco tiempo antes,
había estado casado y
tenía una compañera con quien compartir las tareas,
las cuentas, las
preocupaciones.
Y la soledad. Me sentía como si estuviera en el
fondo
de un gran mar de
soledad.
Todo se me juntó, y
estaba a la vez perdido y abrumado.
Inesperadamente, me
sobrevinieron sollozos convulsivos.
Me quedé allí, llorando
en silencio.
En ese momento, un par de bracitos me rodearon la
cintura
y una carita me
miró.
Miré el rostro
comprensivo de mi chiquito de 11 años.
Me avergonzó que mi hijo me viera llorar.
-Lo lamento, Leito, no sabía que estabas despierto
todavía.
No sé por qué, pero mucha gente se disculpa por
llorar
y yo no era una
excepción.

-No quería llorar. Lo lamento. Sólo estoy un poco
triste esta noche.
-Está bien papá. Está bien llorar, sólo eres una
persona.
No puedo expresar lo feliz que eso me hizo, ese niño
que,
con la sabiduría de la
inocencia, me dió permiso para llorar.
Parecía estar diciéndome
que no tenía que ser fuerte todo el tiempo,
que de vez en cuando
podía permitirme sentirme débil
y dejar salir mis
sentimientos.
Se subió a mi falda, nos abrazamos, charlamos un
ratito
y lo volví a llevar a su
cama y lo arropé.
En cierto modo, eso
también permitió que me durmiera esa noche.
Gracias,
hijo mio.
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