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Creo en el amor como la experiencia más
maravillosa de la existencia
y como generador de toda clase de
alegría,
y en el amor correspondido como la
felicidad misma.
Pero no fui educado para él, ni para la
felicidad, ni para el placer...
porque fui advertido malamente contra la entrega
y el gozoso abandono que
supone.
Cada día, entonces, todavía, es una
ardua conquista, una trasgresión,
una desobediencia debida a mí mismo, una
porfía, la laboriosa tarea de
desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal,
aquel dictamen según el cual se gana o se pierde,
se ama o se es amado, se mata o se
muere.
La vida por lo tanto, no me ha
endurecido, ese sea tal vez mi mayor logro.
¡Que me palpen de armas!
Dejo a un lado si es que alguna vez tuve
o me queda toda arma que sirva para
volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso...
para triunfar en un mundo de mano armada
en que la felicidad se compra con
tarjeta de crédito.
No quiero que la lucidez me cueste la
alegría
ni que la alegría suponga la negación o
la ceguera.
Pero no es fácil. me cuesta vivir a
contratiempo...
con la sensación de ser testigo de un
desatino histórico gigantesco,
de un extravío descomunal, tan
irracional,
absurdo como la bomba de neutrones.
No entiendo al mundo!
Me parece como dice Serrat, que ha caído
en manos de unos locos con carnet.
Me siento ajeno a la debacle, pero en
medio de ella, mi vida es apenas un
instante en el océano del tiempo y es como si quisiera que ese instante
fuera sereno y hondo en medio de una ensordecedora discoteca...
o de un holocausto definitivo siempre a
punto de estallar.
Me desazona la banalización de la vida,
el pavoneo de la insensatez,
el triunfo de la prepotencia y de la
ostentación, la deshumanización salvaje de
los poderosos, la aceptación y el elogio del "sálvese quien pueda",
la práctica y la prédica del desamor y
de la histeria.
Me descorazona la idiotez colectiva, la
idealización de lo superfluo,
el asesinato de la inocencia, el
descuido suicida de lo poco que merecería
nuestro mayor esmero, el desconocimiento
o el olvido de nuestra propia
condición.
Me conmovió no hace mucho que el
cosmólogo Sagan en un articulo extenso,escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio...
desde el cual el mundo se observa como
una bolita cachuza,
terminara diciendo:
"besen a sus hijos"... escuchemos a
esos hombres, sigámoslos,
leamos a los poetas... no permitamos que
el misterio de la existencia deje de
estremecernos cada día... porque es el costo más alto que podemos pagar
por nuestra necedad y nuestra
omnipotencia.
La vida de un árbol merece nuestra
devoción y nuestro más grande regocijo...
al amparo de su sombra acariciados por la tibieza de la luz del sol y
arrumados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje mecido por la
mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alineación y de la
orfandad, siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria, mientras
nos sea posible reconocer en ella nuestra mayor riqueza.
Que la muerte no nos hiera en vida.
Que la ferocidad no nos pueda el alma.
Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos.
Que una caricia nos atraviese como una flecha luminosa y radiante.
Besemos a los que amamos.
Amémonos!!!
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