"Melanie", respondió la madre saliendo al
pasillo desde la cocina.
"No debes referirte a nadie como un loco.
Sí, los Belí tienen un hijo minusválido.
Esta mañana llamé a la señora Beil y me
habló sobre Carl.
Nunca ha sido capaz de hablar. Padece un
defecto congénito en el corazón y un
trastorno nervioso.
Ya le encontraron un tutor privado y está
tomando lecciones de guitarra para ayudarle
a mejorar su coordinación".
"¡Al demonio! ¡Justo el vecino!", exclamó
Melanie.
-"Es un muchacho tímido. Tienes que ser
amistosa. Sólo salúdalo cuando lo veas'.
"Pero viaja en el autobús de la escuela y
los muchachos se burlan de él".
"vos no lo vayas a hacer", le advirtió su
madre.
Pasó una semana y Carl abordó de nuevo el
autobús.
Melanie pensó que él la había reconocido y
lo saludó de mala gana.
Algunos muchachos murmuraron y bromearon.
Pronto empezaron a volar papeles
ensalivados.
"Tranquilos"', gritó él conductor. Carl
arrastraba los pies.
Cada vez que un papel ensalivado le pegaba,
se sacudía con brusquedad.
Cuando su guitarra cayó al suelo, el
conductor los conminó de nuevo a que se
sentaran,
esta vez con un tono de advertencia. El
ambiente se calmó un poco pero la diversión
no cesó.
Los muchachos sentados atrás de Carl
empezaron a soplarle en la cabeza, con lo
que le levantaban el cabello, cosa que
consideraron bastante divertida.

Cuando la calle Sycamore apareció a la
vista, Carl saltó de su asiento, tocó el
timbre, colocó la correa de su guitarra
sobre su hombro y se dirigió a la puerta.
El estuche de la guitarra resbaló y golpeó a
Chuck Wilson en el cuello.
Carl se apresuró hacia la puerta con el
estuche todavía atravesado en el pasillo.
Cuando Chuck lo alcanzó y le lanzó un golpe,
la correa se zafó
y el estuche resbaló por los escalones hacia
la calle.
Carl bajó a tropezones del autobús y corrió
calle abajo, dejando la guitarra en el
suelo.
"Nunca me volveré a bajar ahí", aseguró
Melanie a Kathy, permaneciendo pegada a su
asiento.
Una vez más esperó hasta la siguiente
esquina para descender, luego regresó hasta
Sycamore.
El estuche abierto permanecía tirado en el
piso, pasó a un lado de él y siguió rumbo a
su casa.
¡Qué carácter!, pensó. ¿ Qué hice para
tenerlo de vecino?
Melanie llevaba media calle recorrida cuando
su conciencia la perturbó
por haber dejado la guitarra de Carl donde
cualquiera se la podía llevar, así que
regresó para recogerla.
Tanto el asa como la correa del estuche
estaban rotas, así que tuvo que cargarla
junto con sus libros.
¿ Por qué estoy haciendo esto?, se preguntó.
Entonces recordó lo terrible que fue cuando
todos se rieron de él.
La señora Belí abrió la puerta antes de que
Melanie intentara tocar.
"¡Melanie, me da gusto verte! ¿Qué pasó?
Carl estaba tan molesto que se fue directo a
su habitación",
indicó, colocando el estuche sobre una
silla.
"Sólo fue un pequeño accidente", Melanie no
quiso alarmarla con la historia completa.
"Carl dejó su guitarra, pensé que debía
traérsela".
Después de eso, Carl no se volvió a subir al
autobús.
Sus padres lo llevaron y recogieron de sus
clases de guitarra,
Melanie sólo lo veía cuando él trabajaba en
su jardín de rosas.
La vida pudo ser más tranquila, pero los
niños lo siguieron molestando.
Merodeaban por su jardín, le
lanzaban piedras y cantaban:
"Loco Carl, el rey del banjo, toma lecciones
de música y no puede tocar nada".
Un día caluroso, mientras Carl descansaba en
el pasto tomando un refresco,
los niños llegaron y comenzaron su canto.
Melanie se asomó por la ventana justo en el
momento en que la botella de refresco
se estrellaba en la acera a los pies de los
intrusos.
"¿Supiste", le preguntó Kathy al día
siguiente en la escuela,
"que el Loco Carl cortó a los niños con una
botella rota?"
"No me extraña", contesté Melanie, "para
como lo molestan".
"¿De qué lado estás?", respingó Kathy.
"Yo no estoy del lado de nadie, pero yo los
escuché molestándolo".
"Seguro que ustedes dos se toman de las
manos sobre el césped", declaró Kathy con
sarcasmo.

A mediodía, en la fila de la cafetería, una
compañera de clases molestó a Melarnie:
"Si vas a invitar al Loco Carl para que te
acompañe al banquete, me dará gusto
acompañar a Jim".
Antes de que terminara el día, alguien
escribió en el pizarrón: "Melanie ama al
Loco Carl".
Melanie logró mantener la serenidad lo
suficiente como para llegar a casa,
pero estando ahí, corrió a la puerta y
rompió en lágrimas.
"Mamá, te dije que era el infierno tener a
un loco al lado, lo odio",
protestó y le relató a su madre lo sucedido
en la escuela.
"Duele cuando tus amigos te voltean la
espalda", exclamó Melanie, "¡y por nada!"
Entonces expresó algo que no había
considerado antes:
"Carl debe haber llorado muchas veces "Estoy
segura", aseveró su mamá.
¿Por qué siento desprecio por Carl?, se
preguntó.
O quizá no, tal vez sólo pienso que debo
despreciarlo porque todos los demás lo
hacen.
"A veces, mamá, no me ocupo de pensar por mi
misma",
Melanie se secó los ojos. "Jim va a venir,
me tengo que lavar el cabello", y corrió
hacia arriba.
El ultimo día de clases Melanie llegó a casa
temprano.
Carl estaba en su jardín de rosas. Cuando la
vio, cortó una rosa y fue a la reja a
esperarla.
Melanie lo saludó con su "hola" habitual.
Él le extendió la
rosa, pero cuando ella la quiso alcanzar,
él levantó su otra
mano para detenerla y empezó a desprenderle
las espinas,
se pinchó el dedo,
frunció la frente un momento, se limpió la
sangre en la manga de su camisa
y siguió
desprendiendo las espinas.

Esa noche era el banquete y Melanie quería
llegar a casa para asegurarse de que su ropa
estuviera lista,
pero se detuvo y esperó hasta que Carl le
dio la rosa sin espinas.
"Gracias, CarL Ahora no me pincharé los
dedos",
manifestó haciendo un esfuerzo por
interpretar sus pensamientos.
Conmovida por su sonrisa de niño, le
acarició la mejilla, le dio de nuevo las
gracias y caminó hacia su casa.
Ya en la puerta volvió la vista. Carl seguía
ahí de pie, con la mano en la mejilla que le
acababa de tocar.
Una semana después Carl murió de un ataque
cardiaco congestivo.
Después del funeral, los Belí se alejaron
por algún tiempo.
Un día llegó una carta de la señora Belí.
Había
una nota especial para Melanie.
Querida Melanie:
Creo
que a Carl le habría gustado que tuvieras
esta última página de su diario. Nosotros lo
animábamos a que escribiera por lo menos una
oración al día. La mayoría de los días había
pocas cosas buenas de las cuales escribir.
El señor Belí y yo queremos agradecerte el
haber sido su amiga,
la única amiga joven que tuvo. Con
cariño, Carla Belí
Las últimas palabras de Carl fueron:
Melanie es una rosa sin espinas.
Desde Mí Universo Imaginario,acercandote una
Rosa...